nelson sacandose los mocos/nelson getting bugers
PRENSA
  

plástica imagen. Año 30. No.9

abril-mayo 1998

La Caracas de Nelson Garrido

José Balza

Un llamado de atención a la crítica de las artes plásticas actual,
esta reflexión subraya la importancia de la existencia
de una obra como la de Nelson Garrido: una estética de lo inquietante.

 "Qué duda cabe que una obra de arte es, 
ya por serlo, en principio, incomparable?"
Bergamín

No hay duda: la designación de posmodernidad ha confundido, en nuestros países, a los críticos, los artistas, museos y periodistas. Les ha permitido aceptar todo y hablar de todo (sin comprender cabalmente, por ejemplo, nuestro modernismo latinoamericano), olvidando los ejes imprescindibles para captar cualquier obra: su originalidad y esa especial fuerza (o misterio) que es la personalidad del artista.

La confusión les ha permitido aceptar todo, temerosos. Aplaudir lo que saquea al pasado y hasta creer que los conflictos del yo actual pueden justificar la desmaterialización del arte. El arte, como la vida, es materia activa. Cuanto omita ese vigor lo niega. Materia mental, pero evidente.

Para quienes asistimos a esos horribles balbuceos (premiados, sin embargo) de instalaciones, ranchos, ausencias que sólo demuestran impotencia y que convierten cualquier sala de Caracas en el remedo de otra también necia de Los Ángeles o París, es un consuelo volver a palpar con el alma obras como la de Pedro Barreto y Magdalena Fernández, como las de Roberto Obregón y Ernesto León.

En medio de la complaciente confusión nos sorprende una (una?) pieza que exige ser vista intensamente: Caracas Sangrante de Nelson Garrido. Su técnica (fotografía e imagen digital), el rojo estallante que compone un triángulo desde el cual la escena es atrapada por una red, la fuerza de las sombras en el primer plano, contra la mansa extensión de la ciudad, el Ávila y sus bordes sanguinolentos, todo centra la espectacular silueta del Parque Central en un vértigo doloroso. La ciudad de los años recientes se desangra.

Si en una pieza icónica como el Miranda de Michelena se muestra un sacrificio, aparentemente individual, en la de Garrido están las huellas de los políticos y los electores, de nosotros los transeúntes, de los habitantes metropolitanos salpicados por la sangre de todos.

No es fácil convivir con una imagen así. Pero esta obra -al parecer múltiple, su actualidad la hace un original- bien merece ser atendida por analistas plásticos y de otra índole. Cómo no sentir el cálculo de la perspectiva -espacial, azul-? Cómo no insistir que aun la vegetación del jardín lateral está herida? Amanece? Qué y quiénes nos miran desde la impersonal pantalla de los edificios? Esta imagen debilita tanto arte conceptual estéril, tanta síntesis vacía. ("En el trabajo que estoy desarrollando ahora, sobre la violencia cotidiana, quiero regresar a la puesta en escena, porque la salida digital genera otra calidad, colores, profundidades").

Nelson Garrido (Caracas, 1952) viene de una infancia y una adolescencia ágiles, vividas en Chile, Italia y Francia. Entre 1966 y 1967 estudió fotografía (taller de Cruz-Diez en París). Dicta talleres teórico-prácticos de fotografía en centros de nuestro país. Recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas a los treinta y nueve años.

Garrido cultiva una estética de lo inquietante, lo corrosivo. La ironía, la sátira, la irreverencia son recursos de su expresión. Sus collages, el despliegue escenográfico de sus imágenes, la digitalización fotográfica, la incorporación de materiales anodinos, cursis, apoyan un sacrílego, explosivo salto que choca contra las convenciones de la religión, del buen gusto tradicional, de la sexualidad. De allí que nos sacuda con sus visiones de tortura, de masoquismo, hasta de humor.

No sé cuánto de ingenuidad, de vigor joven haya en muchas de las obras de Garrido. Significa realmente mucho un Cristo gordo y gozón? Pero más allá de tales limitaciones filosóficas (o anacronismos), estas imágenes viene a rescatar algo esencial en el proceso de la plástica venezolana: su riesgo, su originalidad, su condición de materia visual. Prefiero afrontar estos altares, su santo de asfalto, su Santa Lucía, antes que, como dije, los vacíos intelectuales llegados, vía curadores sin firmeza analítica, desde el exterior.

El propio Garrido, con agresivo y patético reclamo ha escrito cosas que bien merecen citarse: "No se trata de hablar de pintura, escultura o fotografía, debemos asumir la imagen en su totalidad, delimitarla es una actitud aberrante. Hay que crear imágenes que queden en el inconsciente colectivo". También: "Lo original es llegar al origen". Y en otro sentido, más existencial: "Atreverse a vivir sin complacencias, sin buscar aprobaciones, investigarnos para transformarnos…", "Mientras no asumamos que somos una generación que debe ser sacrificada no cambiará nada…"

No es éste el lugar para analizar con detenimiento las concepciones de Garrido. Tampoco él puede desprenderse de ciertas afectaciones "posmo". Lo necesario es no olvidar que, tras su lenguaje eruptivo hay grandes verdades, verdades éticas, estéticas y, sobre todo, el camino hacia la madurez de una singular personalidad plástica. Asunción imprescindible para que volvamos a tener un artista memorable, como aquel Narváez, como Brandt, como Borges.

A dónde se fue la crítica de arte en Venezuela? Quién puede sustituir a Juan Calzadilla, analista de firma prosa? No se trata sólo de asistir a exposiciones o de estudiar en el exterior. Tampoco de redactar prosas ocasionales o acumular bibliografías basadas en citas. Garrido agrede a los curadores. No le falta razón ante tanta ignorancia internacionalizada. Es imprescindible un profundo conocimiento de la cultura del país y, por sobre todas las cosas, un lenguaje escrito nítido. Creo que nuestros críticos actuales -tan queridos, talentosos, preocupados y eficaces- deben comprar buenos Diccionarios, un libro de sintaxis, un manual de traducción (al español), para que podamos creer en lo que dicen. Si no saben expresar correctamente sus ideas, cómo podemos reconocerlas? Y si lo que dicen es parte del azar, de una casualidad gramatical?

Estoy ante una versión del cuadro de Garrido que me ha conmocionado: su Caracas Sangrante, creada para la serie Utópica de la Universidad Simón Bolívar. Cualquiera puede tenerla o verla. Una barajita como él deseaba. Pero también un icono contemporáneo. Una imagen que no complace, y que sin embargo nos hace pensar en tanta obra comprada apresuradamente por los coleccionistas. Nos hace pensar en esta frase del artista: "Lo más grave no son las imágenes sino la sociedad de infelices que genera".

José Balza. Narrador, ensayista, profesor universitario.
 

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